Algo más que madres

Permitidme que, en este post, aunque sólo se trate del segundo que publico, me mire un poco al ombligo. A mí y a mi madre. Sobre todo. En homenaje a ella y y a mi padre y hermanos.
pretendo además de que, conozcáis un poco más sobre quien escribe, describir un maravilloso paralelismo que existe, entre las madres discapacitadas, y aquellas madres que, sin serlo, se encuentran en el camino de su maternidad con un hijo o hija que si posee algún tipo de discapacidad.

«Hola, yo soy madre de Jacinto, un niño de cinco años con Síndrome de Down….». Así comenzaba un vídeo que se grabó en mi colegio, sobre la integración…
esa palabra, «integracion», parecía, en una niña de ocho años que se llamaba Susana, algo que debía significar por lo que oia a los mayores, que los niños con alguna discapacidad, como era mi caso, ahora, por decisión de los políticos, o algunas personas importantes,de aquellas que mandaban de verdad, estudiaríamos y viviríamos en nuestro barrio, en nuestro colegio, con nuestros padres…. Que, como yo pensaba en aquellos años, era lo normal. Yo, me decía a mí misma: bastante tengo ya, con no ver, para que encima, el destino, o lo que sea, me haya condenado de esta manera, a estudiar o peor, criarme fuera de mi entorno y de mis padres. Por que no podre estar junto a mi familia, como todos los niños que conozco?. Jugar y pelear con mis hermanos pequeños?. Que mi padre me cuente cuentos?, que el de los siete Cabritillos, sólo me lo puede contar los fines de semana.Con lo que a mí me gustaba!… Incluso escuchar como mientras lo contaba, se iba quedando dormido y se le escapaban frases sin sentido que yo, corregía al instante. Por que no puede traerme mi madre un vaso de agua de madrugada, o arroparme cuando tenga frío?…

Se avecinaban cambios importantes en la vida de aquella niña que, sin entender muy bien porque, había estudiado durante algunos meses en un colegio para niños ciegos. Para ella, y para su familia. Unos padres, que, si yo, era capaz de pensar todo aquello, puedo imaginarme hoy que soy madre, que pensarían ellos pero sobre todo, como se sentirían. Que destrozado y roto estaría un corazón que, por un lado, quería luchar por qué su hija viviese una vida lo más normal posible. Pero por el otro, egoístamente ilegítimamente, querían tenerme a su lado. Reír conmigo, regañarme, llevarme y traerme al colegio, ponerme el pijama por la noche, en fin, vivir con su hija. Es natural y normal. Lo que tenía que ser. Lo que debía ser….su hija, en este caso, tenía una discapacidad visual. y qué? Era su hija. Lo demás, no importaba. Cuando menos, no debería importar. Ni a ellos, ni a la sociedad injusta e ignorante.así la verian ellos. Un monstruo. el monstruo que está hay fuera.

Fue hace muchísimos años…hoy lo veo así. Lejano y algo de lo que todos, mi familia y yo, hemos aprendido mucho. volviendo a ese vídeo que la televisión autonómica de entonces, grabo, porque, parecía que éramos noticia… Todavía hoy lo somos. Somos atípicos. Poco tópicos, diferentes. Y nuestras madres y nuestros padres, sacaron fuerzas de flaqueza para ponerse en aquellos momentos, ante la cámara y ante la vida. Fue una muestra más de valentía y de encararse a una sociedad que, repito, no les entendía… aún recuerdo la voz quebrada, pero valiente de Adela. Adela, como Felipa, como María Jesús o como mi madre, eran, en aquella época, madres un tanto atípicas, distintas, pero, sobre todo, especiales. Eso pensaría la sociedad de ellas. No, no son madres de niños especiales, son madres especiales. Sus hijos han nacido con alguna discapacidad física o psíquica y sus esquemas de la maternidad han estallado y rodado por el suelo hechos añicos. Resulta que, desde ese día, ya nada ni nadie parece como antes.Los días en el hospital junto al bebé recién nacido, no son como los que ella ni su marido habian imaginado: no están llenos de flores y canastillas para el nuevo miembro de la familia, O si están, los padres, primerizos en lo que les espera, ni siquiera los miran. No significan nada. No forman parte de su prioridad. Todo eso, en tan sólo unos segundos, unos minutos de vida, ha cambiado por medicamentos que se preguntan cómo aplicar a su hijo de manera correcta, y palabras técnicas que pronuncian los médicos, las enfermeras, el personal sanitario, en ocasiones muy comprensivo y en otras no tanto, algo desconocido y que atemoriza a esos padres pero que a la vez, los va surtiendo de una extraña fuerza que los hace únicos, insustituibles…así, cada una de sus lágrimas que van rodando por su rostro, al desaparecer, se transforman en gotas de esa fuerza indescriptible, que les durará toda su vida. Posteriormente, las visitas al domicilio para conocer al recién nacido, también se redefinen: una alegría?????… Como referirse a ellas???? A las madres. Como decir que se alegran del nacimiento de aquel bebé???? Todo, absolutamente todo ha cambiado y nada, ni nadie, les define el camino maternal que deben seguir. Sólo ellas, y su intuición. Ahora, se repliegan, como una tortuga, entran dentro de su caparazón, para poner los papeles en orden. Pero como ordenar lo que está desordenado por defecto, porque sí?. Es imposible!. Desconfiadas, malpensadas, super protectoras, autodidactas, valientes y cobardes A la vez. Cierto es que el niño debe aprender, desarrollarse, alimentarse, jugar, vivir, pero la manera, el modus operandi de cada día, con sus horas, con sus minutos y segundos, depende en enorme medida de ellas y de su sorprendente capacidad de la que, mirando atrás, seguro que hasta ellas mismas se asombran y califican de inexplicables numerosas azañas. Son, sin duda, heroínas de un destino que, pese a que a la atmósfera ignorante de las gentes, les suene fatídico, saben teñir de luz y alegría. Se exigen demasiado, o no, o se exijen porque sí, porque lo sienten, porque la palabra, el papel de MADRE es auténtico, infinito, incondicional, decisivo e implacable y ellas, gozan de una tierna responsabilidad que les emana irremediablemente, desde su interior y que sabe ser dulce, melodiosa y risueña, pero, a la vez, puede transformarse en el más feroz de los mónstruos, la más protectora de las leonas de la manada. Ccreo, precisamente, que es esto último, lo que nos une. También nosotras, las mamás discapacitadas creemos en esta forma de ser MADRE. Exijimos, a nosotras mismas, las primeras, llegamos hasta donde cientos de otras madres no pueden o, simplemente, no creen poder Y, sí, creo firmemente que tanto ellas, como nosotras, tanto las madres de niños discapacitados como las propias madres que ejercemos nuestra maternidad día a día llevando a nuestra discapacidad acuestas tenemos algo de prepotencia en lo más profundo del alma. Esa, es la que nos hace ser creídas, la que nos dice cuando nos caemos, o cuando parece que es el mundo el que se nos cae encima, que nuestra obligación es levantarnos, que hay fuera, los demás, nos admiran. Así que, hoy, debo dar gracias a la sociedad porque aunque les parezcamos distintas, también es cierto que nos ayudan a considerarnos una especie de heroínas. Y al final, eso acaba una por creérselo. Total, quemejor para todos:para la sociedad, porque aprende, normaliza y se conciencia. Nos ven en los parques, en la consulta del pediatra, haciendo la compra o recogiendolos del colegio. Para nuestros hijos: porque son sabedores de que para el resto de madres, somos O intentamos ser, una más. Nuestros niños nos ven charlar amigablemente con ellas, tomar café, ir de compras, o discutir sobre aspectos de educación.
Y finalmente, nosotras, las directamente aludidas, pues nos levantamos cada día cuando suena el despertador, o tal vez remoloneamos un poco. De repente, nos damos cuenta de que la pequeña ha derramado la leche sobre el pantalón del uniforme del mayor, que está viendo la tele y casi ni se ha enterado del incidente, siempre pasa lo mismo con la tele y con el mayor!… Total que vamos tarde. Al trabajo, al colegio, en fin, nuestros días transcurren así, como los de cualquier madre. Ni más, ni menos. Bueno, a lo mejor, ahora que lo pienso, con algun más. Pero vamos, de todo se sale. Siempre lo digo. .

La «Chispoleta»

De niña, mi familia, siempre solía definirme ante los demás como una «salpica», una «chispoleta»……en definitiva, lo que querían decir sobre mi persona era, algo así como:»a esta, no se le pone na por delante». Que, por cierto, era con lo que acababan siempre sus discursos. Está mal que yo lo diga pero como es verdad, pues lo digo. Siempre me he sentido admirada e incluso demasiado querida por mi familia. MI FAMILIA, se me llena la boca al decirlo una y otra vez.
Y en ese espejo con cristales fabricados de tanto refuerzo positivo, es en el que hoy me veo reflejada. Y no puede ser de otro modo . Ellos son los verdaderos artífices de que, de alguna manera, yo también me vea, me crea y me retrate así. «Chispoleta y «salpica», dos palabras que encima, con ese acento cacereño me encantan, y qué significan eso, lo que decían y dicen y repiten incansables hoy mis padres…que, a esta niña, no se le pone «na» por delante.
Hoy, reza en mi cuenta de Twitter: «Criando, creyendo y creando…periodista y madre. Aprendiendo con ellos mientras trato de enseñarles a que es posible construir un mundo más feliz» Y, bueno, digamos, que en ello estoy.

Los que me conocen dicen que hablo demasiado, y es verdad…pero he de reconocer que o disimulan muy bien, o no se aburren conmigo porque, digamos que me encanta comunicarme con los demás desde siempre.eso sí, lo de hablar menos y escuchar más, me lo tengo que mirar. Lo confieso. Lo de comunicar, Lo tuve claro desde que comence a razonar: «quería ser  periodista». Recuerdo un pequeño asientito de mimbre, metido en el hueco que dejaban las dos camas: la de mi hermana Sandra y la mía, ahí, en ese estudio radiofónico particular y perfecto que se componia de dos grandes transistores, pasaba siestas, mañanas y en definitiva, me autoafirmaba en la profesión.En uno de los dos aparatos que, me parecían rudos y feos y que ahora se me antojan encantadores, ponía una cinta con música y regulaba el volúmen a medida que mivoz, iba lanzándose, en el otro transistor, que era el que grababa. Por Dios!, cuando descubrí que, taponando los agujeros de abajo con un trozo de cinta aislante se podía grabar en  las cintas de Michael Jaxon o de Madonna o los Beattles, que mi padre llevaba en el coche, la que se lio!…todavía me acuerdo y, desde entonces, no quedaba cinta sana en casa. Todo me gustaba: radioformula, programas de entretenimiento, informativos que, previamente me redactaba en la máquina Perkins y leía en Braille, programas realizados en falso directo en la calle en donde muchos, vecinas de mis abuelas, por ejemplo, recuerdo, decían que abultaba el casette más que la niña jajaja.
Eso sí, había otro juego que jamás puse en duda que también, como lo de ser periodista, se haría realidad algún día: ser mamá. Mimaba, vestía y en fin, criaba a mis muñecas, porque yo siempre tenía niñas, y no muñecos jaja, como toda una madraza. Me encantaba alargar estos juegos y, no, no se trataba de un rato, sino de días y dias completos de ser madre, trabajadora, claro, jaja, en la radio, claro, pero madre. Y ahora, justo en el momento en que me pongo ante esta nueva tarea, me doy cuenta que, en cierta medida, con sus diferencias, claro, voy siendo medio dueña de una realidad, que me hace inmensamente feliz. Por eso, siempre me reafirmo en que en este mundo que nos ha tocado vivir, me considero una auténtica privilegiada.

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